Hola. Sinceramente, no recuerdo bien cómo fue que terminé sentado frente a la computadora pensando en la mejor manera de presentarme ante ustedes; por un lado, conozco a Mónica Bustos, creadora de este blog, hace aproximadamente 9 años y aunque no nos frecuentábamos, de alguna manera el Facebook nos permitía estar en contacto y tener noticias uno del otro; además, soy el orgulloso e inmensamente feliz padre de Antonia, mi linda pericota que está a pocos días de cumplir 7 meses, que por cierto, se han pasado volando y no dudo que esta increíble aceleración del tiempo que hemos experimentado junto a Doris, mi esposa, es algo de lo que pueden dar fe todos quienes recientemente hayan sido padres. Y es que tan solo ayer nacieron, hoy ya están comiendo, mañana gatearán y pasado, estarán caminando.

Precisamente, desde que Antonia nació, aunque valgan verdades, siempre me ha gustado decir y compartir lo que siento, pero no por escrito, sino hasta ahora, me atreví -desde la pequeña tribuna que todos tenemos a través de nuestras cuentas personales en redes sociales- a compartir algunas ideas y sensaciones que mi estrenada faceta de papá hacía fluir de una manera, lo confieso, bastante más natural que lo que muchos pensarían.

¿Y por qué digo esto? (antes de continuar, hago una pausa, tomo aire un par de veces y pienso detenidamente acerca de lo bueno o malo que podría ser escribir sobre esto en un blog, tras lo cual concluyo que, más allá de que podría resultarle gracioso a más de uno y, eventualmente, ser un posible motivo de burla para otros, esta es mi verdad, es lo que me pasó y no hay por qué sentirse avergonzado). Les contaré. Pues porque desde niño tengo nítidos recuerdos en los que deseaba ser padre, me veía como uno y quería ya ser “grande” para poder tener hijos; es decir, también jugaba como todos los demás pequeños, iba al estadio, al cine, montaba bicicleta, pero al mismo tiempo ¡quería tener hijos por Dios Santo! Lo sé, medio insensato y un tanto absurdo, pero ¿qué saben los niños, no? Al llegar la adolescencia mantenía aquel deseo, pero qué creen ustedes, que ¿corrí a contárselo a mis padres?, ¿se lo conté a mis amigos?, ¿a mis amigas?, ¿al sacerdote durante la confesión?, ¿a mi enamorada?, ¿lo escribí en mi diario? A ver, mis respuestas son: no, no, no, no, claro que ¡no! (naturalmente la idea de ser padre me generaba mucha ilusión pero tampoco quería espantarla) y, por supuesto, ¡no¡ es más, juro que nunca tuve uno.

En fin, así transcurría el tiempo, terminé el colegio, postulé a la Universidad, no ingresé, me preparé otra vez, volví a postular, tampoco ingresé, seguí preparándome, por fin ingresé, tuve mi primer auto, descubrí el amor (duró dos semanas), me enfrenté al desamor (duró dos días), acabé EE.GG.LL., pasé a Facultad, seguía estudiando, conseguí mis primeras prácticas pre-profesionales, redescubrí el amor, empecé a trabajar, acabé la universidad, compré el auto que siempre quise (y con el que también soñaba desde muy pequeño), terminé con mi enamorada, volví con ella, me mudé, reventé dos tarjetas de crédito, me endeudé, supe lo que significaba “compra de deuda”, me recuperé, empecé a trabajar como abogado, me titulé, la relación con aquella chica terminó definitivamente, conocí a otra muy linda mujer, la fregué (realmente, la fregué), me terminaron, lloré otra vez (esta vez fueron más de dos días), cambié de trabajo, hice un viaje que me cambió la vida, conocí a quien sería mi esposa, cada vez me salían más canas, pero yo seguía guardándomelo todo; sin embargo, también a medida que los años avanzaban -y con algo más de conocimiento de lo que implicaba la procreación- pensaba en que ya llegaría el momento y, sobre todo, la mujer adecuada con quien yo quisiera compartirlo todo y poder traer nuevos seres a este mundo.

Dentro de mi plan de vida, consideraba que los 30 años era la edad perfecta para ser papá, pero no fue así. En mi caso, recién ocurrió a los 35. Otro día les cuento qué pasó entre los 30 y 35. Lo cierto es que la adultez madura me aguardaba con las mejores experiencias de mi vida, por eso hoy sé que Antonia tiene a la mejor mamá del mundo y yo, a la mejor esposa que podría haber elegido.

Hay muchas cosas que ignoro, de hecho, son muy pocas las que sé. Por ejemplo, no tengo muy claro qué tanto pueda gustarles lo que les cuente, tampoco sé sobre qué les vaya a escribir la próxima vez, mucho menos si es que Antonia estará de acuerdo cuando sepa lo que su papá hacía en el 2014. De lo que sí estoy seguro es que escribo esto con mucha honestidad y que me encantaría saber que somos muchos los hombres a los que la paternidad nos ha cambiado la vida en el mejor sentido posible de la palabra.

Bueno, esto que se supone debió ser mi incursión en La Villa Bebé, resultó siendo la presentación respecto de la que tantas dudas tuve y la experiencia ha sido muy grata.

Ya para terminar, debo confesar también que siento algo muy peculiar al dirigirme a un colectivo que aún no conozco. Mónica me dice que esa es la magia de los blogs, pero aunque igual me siento un tanto extraño, confío en que la sensación irá variando conforme nos vayamos conociendo.

Hasta la próxima.

 

Renzo y familia